domingo, 5 de junio de 2011

DIFICULTADES LECTORAS.

Durante los últimos años se ha observado un incremento de las dificultades lectoras en los niños, derivadas de didácticas inadecuadas, de grandes carencias socioeconómicas o de la falta de estimulación del lenguaje. Los profesionales de la educación argentina han detectado este problema, no disponiendo siempre de herramientas válidas y confiables que permitieran evaluar los diferentes procesos lectores. A partir de este problema se comenzó a trabajar con el equipo español dirigido por la Dra. Defior Citoler con el objetivo de diseñar una prueba de evaluación de los procesos lectores que pudiera ser usada en ambas poblaciones, argentina y española, y que tuviera en cuenta los últimos desarrollos provenientes de la Psicología cognitiva y de la Psicolingüística.

La lectura es una habilidad compleja cuya finalidad última persigue la comprensión de un texto escrito. Está ampliamente consensuado que los dos grandes componentes de la lectura son el reconocimiento de las palabras y la comprensión lectora. Aunque lo que es específico de la lectura son los procedimientos para el reconocimiento de las palabras escritas, ambos componentes son necesarios para el logro de la competencia en esta habilidad (Defior, 2006). Cuando se quiere evaluar el grado de competencia de una persona en lectura es necesario tener información sobre cómo se desenvuelve en los dos ámbitos y en aquellos procesos que los constituyen.

El test LEE da una gran importancia a la evaluación de los procedimientos de lectura y escritura de palabras, ya que constituyen el requisito obligatorio para poder acceder a la competencia en el lenguaje escrito.

Este test es producto de la colaboración conjunta de dos equipos, pertenecientes a la Universidad de Granada (España) y la Universidad Nacional de San Martín (Argentina)

Los modelos de reconocimiento de palabras escritas proponen la existencia de dos procedimientos de acceso léxico. Uno es el procedimiento subléxico, indirecto o fonológico, ya que pasa por la conversión de las palabras en sonido mediante la aplicación de las reglas de correspondencia grafema-fonema (RCGF). Utiliza un ensamblador fonológico, que es absolutamente necesario en el caso de lectura de pseudopalabras -de las que no se tiene representación en el léxico mental- o cuando se encuentra una palabra desconocida por primera vez. El segundo procedimiento consiste en la denominada lectura léxica, directa, visual, por el que las palabras se asocian directamente con su pronunciación y significado; implica un reconocimiento global e inmediato de palabras que necesariamente ya han sido procesadas con anterioridad y que están almacenadas en el léxico mental del lector. Este procedimiento es el habitual en los lectores expertos. Su utilización es necesaria para la lectura de palabras irregulares que, como es sabido, no existen en la ortografía del español (excepto algunos extranjerismos).

Ahora bien, el pilar básico, la verdadera piedra angular de la lectura, es el procedimiento subléxico. Su aplicación fluida implica el conocimiento de las RCGF (o RCFG en el caso de la escritura) e implica un alto nivel de conciencia fonémica. Con el procedimiento fonológico, los niños adquieren en realidad un mecanismo de autoaprendizaje que les permite incrementar de manera autónoma y rápida el número de palabras reconocibles por la vía léxica. Dicho de otra forma, en los lectores expertos reconocer una palabra implica mayoritariamente emparejar el resultado del análisis perceptivo de la señal visual con la información almacenada en la memoria (léxico interno). Los buenos lectores llevan a cabo este proceso de forma automática e inconsciente, de manera que uno de los aspectos a tener en cuenta en la evaluación de la competencia lectora no es sólo la exactitud en la decodificación sino también el tiempo que utiliza el lector.

La experiencia de los educadores muestra que los niños evolucionan simultáneamente en el dominio del código y en la velocidad, pasando en un periodo corto de tiempo de un reconocimiento inicial de las palabras en forma silabeante, con muchas vacilaciones, a la manera experta, caracterizada por la decodificación rápida y automática. A los dos o tres años de enseñanza-aprendizaje sistemática del lenguaje escrito, alcanzan un alto grado de dominio del código del español aunque quedan todavía muchos aprendizajes por hacer, en particular respecto a la mejora de las estrategias de comprensión escrita.

Entre los factores más importantes que afectan al reconocimiento de palabras la investigación reciente ha señalado la frecuencia de las palabras, su longitud, la estructura silábica (que determinan la complejidad de las palabras). Todas estas variables han sido tenidas en cuenta en el diseño del test LEE. Igualmente, recientes estudios translingüísticos muestran que la rápida adquisición del código alfabético tiene que ver con su transparencia ligada a la naturaleza de las reglas de correspondencia entre los fonemas y los grafemas del código a aprender. De ahí, que el test LEE incorpore como novedad respecto a otras pruebas de evaluación del reconocimiento de palabras, una representación de las diferentes complejidades del código escrito del español

Otros aportes novedosos de este test consisten en poder registrar diferentes matices del proceso de lectura y escritura. No sólo se consideran las respuestas correctas o incorrectas sino la calidad de la producción, por ejemplo, en el caso de la lectura, los tipos de lectura no fluida (silabeante, vacilante) y fluida. Esto permite observar el proceso de construcción de la lectura y discriminar entre las dificultades de decodificación y las dificultades de fluidez. También se registran y comparan los tipos de errores cometidos tanto en la lectura como en la escritura de palabras y pseudopalabras, clasificadas por distintos criterios de complejidad. Se consignan además los tiempos de lectura en diferentes pruebas. En cuanto a los procesos de comprensión lectora, el test LEE incluye la posibilidad de diferenciar procesos inferenciales y de recuperación literal de la información contenida en el texto. Esta prueba permite, además, evaluar las habilidades de los niños para seleccionar las ideas principales (micro y macro estructura) utilizando distintos tipos de textos narrativos e informativos (superestructura).

La selección de las pruebas definitivas y los ítems que las componen se llevó a cabo luego de haber aplicado una gran cantidad de ellas en las etapas prepiloto, piloto y estandarización. Finalmente, se seleccionaron los más adecuados y discriminativos con el objetivo de crear un test amplio pero, a su vez, no demasiado extenso, siguiendo criterios teóricos y estadísticos

ETAPAS DE LA ESCRITURA



Al igual que la lectura, la escritura no es inherente al cerebro humano sino que debe ser aprendida y automatizada, por lo cual necesita mediación de la enseñanza y tiempo para fijarla. Para leer al igual que para escribir, se requiere del conocimiento del abecedario (código arbitrario) y de la asociación con su correspondiente sonoro que son los fonemas (conciencia fonológica). El aprendizaje de la escritura también es gradual, por lo cual va evolucionando en la medida en que el niño va captando el principio alfabético. A diferencia de la lectura, la escritura puede presentarse en formas más precarias y sus primeras etapas colaboran hacia la representación total de los fonemas. Es decir, un niño puede entender “algo” del principio alfabético y escribir silábicamente, pero no bien entiende “algo” de la lectura ya sabe leer y sólo debe automatizarla. En cambio, en la escritura debe atravesar etapas previas antes de escribir alfabéticamente y comprender del todo la escritura. Luego deberá perfeccionar esa escritura respetando la ortografía y pudiendo sustituir su imprenta mayúscula por trazos más elaborados como son las cursivas.

Al igual que la lectura, la escritura verdadera es la que posee componentes fonológicos. El escribir su nombre correctamente no nos indica que entiende el principio alfabético, sino cuando empieza a representar fonéticamente alguno o todos los sonidos de las palabras.

Al automatizar la escritura alfabética el niño se verá en condiciones de fijarse en el aspecto ortográfico y en poner toda su atención en el cuidado del grafismo.

ETAPA PRE-FONÉTICA: (ver cuadro).http://www.jel-aprendizaje.com/wordpress/imagenes/ProcesosdeadquisicindelaLecturayEscritur_E98D/EtapasEscritura_thumb.png

Presilábica: aún no hay comprensión del principio alfabético, por lo tanto no hay correspondencia grafema-fonema.

ETAPA FONÉTICA:

1.Silábica: el niño puede detectar al menos un sonido de la sílaba, generalmente vocales o consonantes continuas.

2.Silábica-alfabética: el niño empieza a detectar y representar algunas sílabas en forma completa.

3.Alfabética: el niño puede detectar todos los sonidos y representarlos adecuadamente con su letra.

ETAPA VISO-FONÉTICA:

Ortográfica: el niño escribe respetando el código de escritura y sus excepciones.

ETAPAS DE LA LECTURA



La lectura requiere de un proceso de aprendizaje, y como tal se logra a través de un proceso gradual en el que se va adquiriendo cada vez mayor expertise. La lectura no es inherente al cerebro humano, sino que debe ser aprendida y automatizada. Un niño con dislexia es aquel que tiene dificultades en esta automatización. No obstante, pasa al igual que el lector normal por las mismas etapas de lectura, con la diferencia que se queda varado en la fase alfabética y sólo logra desarrollar las posteriores en forma imperfecta. Con tratamiento psicopedagógico podrá avanzar en forma eficiente por cada una y cuanto más temprano sea la intervención mayores son las probabilidades de lograr una mejor automatización y menores las posibilidades de que adquiera vicios de lectura.

Es importante remarcar que la lectura para que sea “verdadera lectura” debe iniciarse fonológicamente. Una lectura de su propio nombre o de marcas no siempre es verdadera lectura, sino que tenderá a ser una codificación de un logo. La lectura se incia en la fase llamada “ALFABETICA” o “FONOLÓGICA”.

Al automatizar la lectura alfabética-ortográfica, el niño estará en condiciones de poner su atención al contexto, la expresión y a comprender en la medida en que va decodificando.

FASES:(ver cuadro).

http://www.jel-aprendizaje.com/wordpress/imagenes/ProcesosdeadquisicindelaLecturayEscritur_E98D/ETAPASlectura_thumb.png

1. LOGOGRÁFICA: reconocimiento de escrituras globales: MAMÁ, Coca-Cola, McDonald’s, sin decodificación.

Aquí no hay verdadera lectura sino un mero reconocimiento de la forma visual o logo, hay “actitud de lectura” pero no hay correspondencia grafema-fonema.

2. ALFABÉTICA: comprensión del principio alfabético: asociación grafema-fonema, etapa de decodificación fonológica.

El niño lee articulando por fonemas o sílabas: MAAA-NOOO MANO!

3. ORTOGRÁFICA: reconocimiento de patrones ortográficos, necesario para la lectura fluída.

El niño capta grupos de letras y luego palabras en un solo golpe de vista. MA-NO MANO

4. FLUIDA-EXPRESIVA: lectura del texto teniendo en cuenta la puntuación, expresión y el contexto. Implica el acceso directo a la semántica y un control automático del proceso de decodificación.

LECTURA Y ESCRITURA CON SENTIDO Y SIGNIFICADO.




El niño es un ser social: desde que nace se relaciona con el medio que lo rodea, utilizando diferentes formas de expresión, tales como el llanto, el balbuceo, la risa, los gestos, las palabras; formas que lo llevan a comunicarse inicialmente con ese ser más cercano: la madre; a su vez, ella con sus arrullos, nanas, caricias, cantos, juegos, va creando un vínculo especial de comunicación que les permite entenderse y fortalecer los lazos afectivos.

Lo anterior nos lleva a afirmar que el niño aprende porque establece relaciones y encuentra elementos de comprensión y vínculos afectivos con el mundo que lo rodea. Por lo tanto, no hay que desconocer que esta forma natural de aprendizaje tiene un valor muy importante para el niño, puesto que lo ha llevado a relacionarse con el mundo y a satisfacer sus necesidades de una manera placentera, agradable, lúdica y llena de afecto.

Como vemos, el proceso inicia desde que el niño nace, pero al llegar al colegio cambian las reglas de juego y, por lo general, el niño debe enfrentarse a situaciones y/o actividades que en su mayoría son ejercicios mecánicos, extensas planas o lecturas impuestas.

La interacción directa con pequeños en edad preescolar nos ha demostrado que los aprendizajes no pueden ser ajenos ni aislados de la realidad del niño. Por el contrario, deben satisfacer necesidades, intereses e inquietudes para que tengan un verdadero sentido y significado para él.

La experiencia como docentes de preescolar nos llevó a reflexionar sobre el proceso de aprendizaje de la lectura y la escritura en los niños. Esta reflexión nos llenó de razones para elaborar una propuesta diferente.

Nuestra propuesta pretende continuar el proceso de igual forma; por eso partimos de "escuchar" a los niños, conocer sus intereses, necesidades, sentimientos e inquietudes; basados en esto, iniciamos despertando la conciencia del lenguaje a través de ejercicios que les permitan relacionar, hacer asociaciones o establecer semejanzas y diferencias. Los aprendizajes están inmersos en la cotidianidad de los niños, esto es lo que hace que tengan sentido y significado para ellos.

El punto de partida son los nombres de los niños, por la importancia que tienen para cada uno; a través de su nombre, el niño se identifica, se diferencia y es reconocido. Se pretende que el niño se familiarice con su nombre y el de sus compañeros, encuentre semejanzas, diferencias y comience a identificar los sonidos de las letras del alfabeto. Así se fortalece la conciencia fonológica.

Para crear conciencia trabajamos las rutinas diarias, en las que se involucran carteles con la fecha, los nombres de los niños, canciones, poemas, rimas y otros géneros literarios. Dichos carteles ayudan a los niños a visualizar las palabras dentro de un contexto y a crear diferentes juegos con ellas, tales como encontrar palabras largas, cortas, con sonidos iguales, que rimen, etc.

Se manejan todos los géneros literarios, dándole un valor importante al cuento dentro de este proceso, y por eso incluimos la lectura diaria. Al leer en voz alta, se desarrollan la capacidad de atención y el vocabulario; se ayuda a que el niño exprese sus emociones, temores, esperanzas, descubrimientos, pensamientos y secretos. Al compartir estos sentimientos se establece un lazo afectivo entre el maestro y los niños, que favorece el proceso de aprendizaje de la lectura y la escritura.

Los cuentos también ayudan a orientar conductas y afianzar valores. Para narrarlos se utilizan diferentes estrategias, de manera que los niños participen activamente, creando y haciendo aportes.

Los niños saben leer y escribir cuando llegan al colegio, pero lo hacen a su manera; de allí se parte para hacer explícita su intención. Durante todo el proceso estamos leyendo y escribiendo de nosotros mismos y de nuestro medio, por ello al ir manejando las letras no lo hacemos en forma segmentada sino que se generan situaciones significativas que llevan a ir enfatizando cada una de ellas.

Es importante respetar las diferentes etapas de escritura en que está cada niño. Ellos crean sus propias hipótesis y así van encontrando significado a lo que escriben, comienzan utilizando seudo letras y, poco a poco, las van relacionando con el código alfabético, descubriendo razones válidas de uso.

Los niños no elaboran planas. A través de cuentos realizamos ejercicios que ayudan a desarrollar la habilidad motriz y a prepararlos para que adquieran dominio de sus movimientos finos, de manera que puedan luego escribir con destreza. Esta forma de trabajo les gusta y los motiva.

Es importante resaltar que la motivación juega un papel decisivo en este proceso. Las tareas tienen un sentido diferente, sirven para aprender a ser responsables, para compartir con la familia, la profesora y los compañeros; de esa manera, todos se enriquecen.

El aprendizaje de la lectura y la escritura es un proceso dinámico donde la creatividad es muy importante. Se realizan ejercicios que estimulan el desarrollo del pensamiento divergente, para que los niños busquen diferentes alternativas ante una situación dada. Al estimular dicho pensamiento, les damos la oportunidad de crecer siendo seres autónomos, seguros de sí mismos, capaces de tomar decisiones y, de esa forma, los educamos para la vida y no sólo para el momento.

Todas estas actividades les permiten descubrir el sentido de la lengua escrita y comprender que a través de ella pueden comunicarse, y lo que es aún mejor: expresarse. Estamos convencidas de que esta forma de trabajo le da un giro a lo tradicional y cambia la posterior relación que el niño tenga frente a los libros y el lenguaje. Esto posibilita que en un futuro sean mejores lectores y escritores.

Somos conscientes de que el proceso de aprendizaje, especialmente en los primeros años, deja en el niño una huella que perdura toda su vida. Por lo tanto, este proceso debe ser una experiencia agradable, llena de sentido y significado, donde no se generen angustias frente a las equivocaciones, sino que éstas sirvan para fortalecer el aprendizaje.

Siendo consecuentes con los planteamientos anteriores, vimos la necesidad de crear un texto que se ajustara a la metodología de trabajo expuesta, que desarrollamos desde hace cinco años en el Colegio Marymount, de Bogotá, en donde somos docentes. Es así como nace el libro Creo y Recreo, lectura y escritura con sentido y significado, del que somos autoras.

El libro está diseñado para que el niño sea el gestor en su proceso de adquisición de la lengua escrita; lleva a niños y niñas a conocer el mundo de las letras en una forma amena y agradable, donde ellos pueden plasmar sus vivencias y experiencias y, al hacerlo, dar un claro sentido y significado a su aprendizaje.

La adquisición de la lectura y la escritura son experiencias que marcan la vida del niño; de ahí la importancia de que pueda acceder a ellas de una forma natural y tranquila. Leer y escribir se convierten en interacciones divertidas y placenteras, en las que el niño puede disfrutar de sus logros y aprender de sus equivocaciones.

La lectura y la escritura tienen una función social y cultural. Por eso el libro comienza dando al niño la importancia que tiene como ser único, y relacionándolo con su entorno inmediato donde se involucran aspectos relevantes e importantes de su vida. Propone una serie de estrategias que pueden ajustarse a las necesidades e intereses, tanto particulares del niño como generales del grupo, y valora sus sentimientos y emociones.

Otro aspecto importante del libro es que cuenta con diferentes clases de géneros literarios, que le permiten a los niños familiarizarse con estas formas de expresión y los llevan a jugar con el lenguaje.

Dentro del libro se desarrollan experiencias de vida de la cotidianidad del niño, lo que le da una identidad al proceso. Además, permite dejar volar la imaginación y posibilita la creación, elemento indispensable en el acceso a la lengua escrita.

El niño debe reconocer en la escritura una forma de expresión. Por eso no se desconocen los saberes que el niño tiene, se le motiva para que complemente su expresión gráfica con escritura espontánea, donde incluye símbolos y seudo letras para llegar finalmente a la escritura del código alfabético. Esto deja ver claramente que lectura y escritura son procesos cognitivos, dinámicos, donde la creación juega un papel muy importante.

Si desea comentar los textos aquí publicados que han enviado sus compañeros educadores, por favor escriba a:
correoaltablero@mineducacion.gov.co

HISTORIA DE LA ESCRITURA-



LA ESCRITURA.

¿Por qué se inventó?

La invención de la escritura nació de la necesidad práctica de registrar inventarios. Los primeros rastros de sumerio escrito datan del año 3100 a. de N.E. y son marcas en pequeñas tabletas de arcilla que se sujetaban como etiquetas a los objetos que nombraban. Los sumerios ricos que poseían grandes depósitos de grano y rebaños de ganado usaban tabletas grandes, inscritas con pictografías en columnas para sus cuentas.

Pictografías y escritura cuneiforme

Las primeras palabras escritas fueron dibujos simplificados que se conocen como pictografías. Estos signos se trazaban sobre arcilla húmeda con una caña de punta afilada. Sin embargo, este estilo puntiagudo no perduró porque dejaba bordes irregulares en la arcilla. En su lugar, se usó el estilo con punta triangular, que se oprimía sobre la arcilla, dejando una serie de impresiones con forma de cuña, de ahí que a la escritura de Mesopotamia se le llame escritura cuneiforme (“en forma de cuña”). Asimismo, además de la arcilla, comenzaron a usarse otros materiales para escribir sobre ellos, como la piedra, vasijas de barro y en paneles revestidos de cera.


Los escribas

Los escribas eran los especialistas que se dedicaban al arte de la escritura. Estos requerían de años de estudio en la edubba, escuela Mesopotamia. Cuando los escribas se convertían en profesionales siempre ocupaban cargos elevados en el gobierno porque la escritura desempeñaba una función predominante en la vida de Mesopotamia.

Con el paso del tiempo, los escribas estilizaron los toscos símbolos primitivos que sólo representaban objetos y crearon una escritura compleja capaz de expresar ideas abstractas. De este modo, la escritura permitió conservar pensamientos y experiencias. Así, la escritura alcanzó un alto grado de dificultad y en Mesopotamia llegaron a emplearse más de 700 signos diferentes. El paso final en el desarrollo de la escritura cuneiforme sucedió cuando los escribas comenzaron a usar símbolos fonéticamente para indicar sonidos al igual que ideas. Al dar a cada sonido un símbolo fonético era posible deletrear cualquier palabra en el lenguaje.


¿Para qué servía la escritura?

La función de la escritura fue amplia. Sirvió para documentos religiosos, técnicos e históricos, tablas astronómicas, inventarios de productos agrícolas, códigos de derecho, textos médicos, crónicas literarias, poesía, etcétera. Se han encontrado miles de tabletas inscritas. A la escritura se le otorgaron también cualidades mágicas y ceremoniales. En los cimientos de templos y palacios se colocaba una tableta dirigida a uno de los dioses mesopotamios y era común que la gente cargara amuletos con inscripciones para ahuyentar a los malos espíritus.

http://www.youtube.com/watch?v=t9t6bm0P9GI

sábado, 4 de junio de 2011

LA LECTURA EN EL MUNDO ROMANO.

ENTRE EL VOLUMEN Y EL CODEX. Por Guglielmo Cavallo

¿En qué momento podemos empezar a hablar de la presencia de verdaderos libros en Roma y de la aparición allí de una práctica real de la lectura? En la Roma de los primeros siglos, el uso de la escritura debe considerarse circunscrito al cuerpo sacerdotal y a los grupos gentilicios, depositarios de los saberes fundamentales de la ciudad, el sacramental y el jurídico, de la medida del tiempo, del orden analítico de los acontecimientos: conocimientos que se encontraban recogidos en libros lintei (de tela de lino, en los cuales se conservaba fundamentalmente el saber sacramental) o en tabulae lignarias. Desde el aspecto más específico de la literatura de Roma, sus formas primitivas estaban relacionadas con el restringido círculo de la clase dirigente y con exigencias concretas de la vida social: prosa oratoria de estilo sobrio, mortuorum laudationes, informes de magistratura, memorias de la ciudad escritas sin ornamento retórico alguno. Catón el Censor (234–149 a.C.) leía sus oraciones en tablillas; y él mismo compuso y escribió: «en gruesos caracteres» –con el objeto de hacerla más clara para la lectura– una «historia de Roma» para que cuando su hijo aprendiera las primeras nociones de la lectura y la escritura pudiera aprovechar la experiencia del pasado. Nos encontramos aún lejos de los verdaderos libros y prácticas de lectura, pero la época de Catón señala un momento de desarrollo.

En el 181 a.C. fueron encontrados los llamados «libros de Numa», rollos de papiro envueltos en hojas de cedro. Estos rollos –por lo que deducimos de fuentes que no dejan de ser contradictorias– en parte eran griegos y de contenido filosófico–doctrinal, fueron quemados porque eran contrarios a la religión institucional; otra parte era latina y de iure pontificum, «de derecho pontificio». Sin embargo eran falsos: «de aspecto demasiado nuevo» los describe Livio; lo cual significa que en aquella época el volumen, el libro en forma de rollo de papiro difundido desde hacía tiempo en el mundo heleno, ya era conocido en Roma, y que aquí se importaba el mismo papiro, de modo que incluso se podían fabricar libros. En ese mismo periodo de tiempo en Ennio y, algunas décadas más tarde, en Lucilo se encuentran los primeros testimonios auténticos de uso de este material escrito –y, por tanto, del rollo como soporte de textos literarios– en el mundo literario.

El fenómeno está relacionado con dos hechos de capital importancia y que connotan la cultura romana entre los últimos años del siglo III y de los inicios del siglo I a.C.: el nacimiento de una literatura latina basada en modelos griegos, y la llegada a Roma de bibliotecas completas griegas, provenientes de botines de guerra, en una época en la que cada vez eran más importantes las influencias helénicas, junto con la aparición de un maniático coleccionismo de objetos de producción griega. De este modo, los libros griegos importados representaron el modelo para el libro latino que estaba a punto de nacer. Obras como la Odisea de Livio Andrónico y el Bellum Punicum de Nevio fueron escritos en volumina de papiro, pero, según parece, originariamente no se repartieron en una serie ordenada de libros siguiendo una programación editorial concreta. Por el contrario, la subdivisión de los Annales de Ennio en dieciocho libros desde su composición, y la partición del proemio de Nevio en siete libros realizada posteriormente por el gramático Ottavio Lampadione, indican que poco a poco se abría paso –gracias a la presencia cada vez más amplia de los modelos de libros griegos– una consciencia de la relación entre texto y libro. Se trataba no sólo de realizar una transposición de las exemplaria Graeca en un contexto cultural diferente, sino también de adquirir una disciplina de conjunto de la organización librera que, inspirandose en esos modelos, pudiera ordenar y disponer el texto para la lectura de un modo cada vez más funcional.


LA GRECIA ARCAICA Y CLÁSICA. LA INVENCIÓN DE LA LECTURA SILENCIOSA


Por Jesper Svenbro

En su artículo «Silent Reading in Antiquity» (1968), Bernard Knox cita dos textos del siglo V a.C. que parecen demostrar que los griegos –o para ser más precisos, algunos de ellos– practicaban la lectura silenciosa, y que en la época de la guerra del Peloponeso, los poetas dramáticos podían contar con una familiaridad de su público con ella. El primero de esos textos era un pasaje del Hipólito de Eurípides, que data del 428 a.C. Teseo ve la tablilla de escritura que pendía de la mano de Fedra, y se pregunta qué era lo que le podía anunciar. Rompe el sello. El coro interviene para cantar su inquietud, hasta que le interrumpe Teseo, exclamando: «¡Ay! ¿Qué desgracia intolerable, indecible, vendrá a añadirse a la desgracia? ¡Infortunado de mí! A petición del coro, revelará después el contenido de la tablilla, no leyéndola en voz alta, sino resumiendo su contenido. La había leído claramente en silencio, durante el canto del coro.

El segundo texto de Knox es un pasaje de Los caballeros de Aristóteles, fechado en 424 a.C. Se trataba de la lectura de un oráculo escrito, que Nicias logró robarle a Paflagón: «Déjamelo para que lo lea», le dice Demóstenes a Nicias, quien le escanciaba una primera copa de vino y le pregunta: «¿Qué dice el oráculo?» A lo que Demóstenes, absorto en su lectura, le replica: «¡Lléname otra copa!» «¿De veras dice que te llene otra copa?», le pregunta entonces Nicias, creyendo que se trataba de una lectura en voz alta hecha por Demóstenes. Esa broma se repite y se amplía en los versos siguientes, hasta que Demóstenes le revela a Nicias: «Aquí dentro se dice cómo va a parecer el propio Paflagón». Le ofrece luego un resumen del oráculo. No lo lee: lo ha hecho ya, en silencio. Ese pasaje nos presenta a un lector que tenía la costumbre de leer para sus adentros (y que hasta sabía hacerlo y pedir de beber al mismo tiempo...) junto a un oyente que no parecía acostumbrado a esa práctica sino que toma las palabras pronunciadas por el lector por palabras leídas, cuando en realidad no lo eran.

La escena de Los caballeros es especialmente instructiva, por menos de entrada, porque indica que la práctica de la lectura silenciosa no era una cosa conocida por todos en 424 (Platón tenía entonces cinco años), aunque se daba por supuesto que el público de la comedia la conocía. Era una práctica reservada a un número limitado de lectores, y sin duda desconocida por buen número de griegos, sobre todo –cabe pensar– por los analfabetos, que no conocían la escritura más que «desde fuera». Además, conviene recordar que los dos documentos citados eran de procedencia ateniense; en lugares como Esparta, donde se esforzaban por limitar la enseñanza de las letras a «lo estrictamente necesario», la lectura silenciosa debió ser todavía menos susceptible de ser conocida, y menos practicada. Para el lector que leía poco y de manera esporádica era probable que el desciframiento lento y a tientas de lo escrito no engendraría la necesidad de una interiorización de la voz, ya que la voz era precisamente el instrumento mediante el cual la secuencia gráfica era reconocida como lenguaje. Ya hemos visto que la sonorización de lo escrito se programaba, negativamente, mediante la ausencia de intervalos. Y si esa sonorización era un valor en sí, ¿por qué s iba a sentir la necesidad de abandonar la scriptio continua, obstáculo técnico al desarrollo de la lectura silenciosa?

Porque la ausencia de intervalos era un obstáculo, y lo siguió siendo. Pero no fue un obstáculo insalvable, como cabría creerlo partiendo de la experiencia medieval, en la cual, según Paul Saenger, la word division fue una condición necesaria para que pudiera difundirse la lectura silenciosa, practicada por monjes que copiaban textos en silencio. Porque, como acabamos de comprobar, los griegos parecen haber sabido leer en silencio, aun conservando la scriptio continua. Como sugiere Knox, el manejo frecuente de grandes cantidades de texto abrió la posibilidad de una lectura silenciosa en la Antigüedad, silenciosa y, por tanto, rápida. En el siglo V a.C. es verosímil que Heródoto abandonase la lectura en alta voz en el transcurso de su labor de historiador; y, ya en la segunda mitad del siglo VI, quienes en Atenas bajo los pisistrátidas se ocuparon del texto homérico con miras así filológicas –como pudo hacerlos el poeta Simónides– tuvieron sin duda la ocasión de aplicar esa técnica. Técnica reservada a una minoría, claro está, pero una minoría importante en la que se hallaban desde luego los poetas dramáticos.

La introducción del intervalo no bastó para generalizar la lectura silenciosa en la Edad Media. Fue preciso algo más que esa innovación técnica llevada a cabo ya en el siglo VII de nuestra era. Fueron precisas las exigencias de la ciencia escolástica para que las ventajas de la lectura silenciosa –rapidez, inteligibilidad– fueran descubiertas y explotadas en gran escala. Efectivamente, fue en el seno de la ciencia escolástica donde pudo «cuajar» la lectura silenciosa, si bien permaneció prácticamente desconocida en el resto de la sociedad medieval. Y del mismo modo –digo yo– el manejo de grandes cantidades de textos no sería un factor suficiente para que la lectura silenciosa «cuajase» a lo largo del siglo V a.C. en determinados círculos de la Grecia antigua. La lectura extensiva parece más bien ser fruto de una innovación cualitativa en la actitud respecto de lo escrito. Fruto de todo un contexto mental, nuevo y poderoso, capaz de reestructurar las categorías de la lectura tradicional. Porque no cabe que la lectura silenciosa fuese estructurada solamente por el hecho cuantitativo: verdad es que el propio Knox no cita más que a autores postclásicos –por ejemplo, el muy erudito Dídimo de Alejandría, autor de varios millares de libros– cuando quiere evocar las dilatadas lecturas de los clásicos. Puede serlo, en cambio, mediante la experiencia del teatro.

ENTRE EL VOLUMEN Y EL CODEX. LA LECTURA EN EL MUNDO ROMANO. Por Guglielmo Cavallo

¿En qué momento podemos empezar a hablar de la presencia de verdaderos libros en Roma y de la aparición allí de una práctica real de la lectura? En la Roma de los primeros siglos, el uso de la escritura debe considerarse circunscrito al cuerpo sacerdotal y a los grupos gentilicios, depositarios de los saberes fundamentales de la ciudad, el sacramental y el jurídico, de la medida del tiempo, del orden analítico de los acontecimientos: conocimientos que se encontraban recogidos en libros lintei (de tela de lino, en los cuales se conservaba fundamentalmente el saber sacramental) o en tabulae lignarias. Desde el aspecto más específico de la literatura de Roma, sus formas primitivas estaban relacionadas con el restringido círculo de la clase dirigente y con exigencias concretas de la vida social: prosa oratoria de estilo sobrio, mortuorum laudationes, informes de magistratura, memorias de la ciudad escritas sin ornamento retórico alguno. Catón el Censor (234–149 a.C.) leía sus oraciones en tablillas; y él mismo compuso y escribió: «en gruesos caracteres» –con el objeto de hacerla más clara para la lectura– una «historia de Roma» para que cuando su hijo aprendiera las primeras nociones de la lectura y la escritura pudiera aprovechar la experiencia del pasado. Nos encontramos aún lejos de los verdaderos libros y prácticas de lectura, pero la época de Catón señala un momento de desarrollo.

En el 181 a.C. fueron encontrados los llamados «libros de Numa», rollos de papiro envueltos en hojas de cedro. Estos rollos –por lo que deducimos de fuentes que no dejan de ser contradictorias– en parte eran griegos y de contenido filosófico–doctrinal, fueron quemados porque eran contrarios a la religión institucional; otra parte era latina y de iure pontificum, «de derecho pontificio». Sin embargo eran falsos: «de aspecto demasiado nuevo» los describe Livio; lo cual significa que en aquella época el volumen, el libro en forma de rollo de papiro difundido desde hacía tiempo en el mundo heleno, ya era conocido en Roma, y que aquí se importaba el mismo papiro, de modo que incluso se podían fabricar libros. En ese mismo periodo de tiempo en Ennio y, algunas décadas más tarde, en Lucilo se encuentran los primeros testimonios auténticos de uso de este material escrito –y, por tanto, del rollo como soporte de textos literarios– en el mundo literario.

El fenómeno está relacionado con dos hechos de capital importancia y que connotan la cultura romana entre los últimos años del siglo III y de los inicios del siglo I a.C.: el nacimiento de una literatura latina basada en modelos griegos, y la llegada a Roma de bibliotecas completas griegas, provenientes de botines de guerra, en una época en la que cada vez eran más importantes las influencias helénicas, junto con la aparición de un maniático coleccionismo de objetos de producción griega. De este modo, los libros griegos importados representaron el modelo para el libro latino que estaba a punto de nacer. Obras como la Odisea de Livio Andrónico y el Bellum Punicum de Nevio fueron escritos en volumina de papiro, pero, según parece, originariamente no se repartieron en una serie ordenada de libros siguiendo una programación editorial concreta. Por el contrario, la subdivisión de los Annales de Ennio en dieciocho libros desde su composición, y la partición del proemio de Nevio en siete libros realizada posteriormente por el gramático Ottavio Lampadione, indican que poco a poco se abría paso –gracias a la presencia cada vez más amplia de los modelos de libros griegos– una consciencia de la relación entre texto y libro. Se trataba no sólo de realizar una transposición de las exemplaria Graeca en un contexto cultural diferente, sino también de adquirir una disciplina de conjunto de la organización librera que, inspirandose en esos modelos, pudiera ordenar y disponer el texto para la lectura de un modo cada vez más funcional.